Sánchez Dragó.
Siempre me gustó este tipo. Ya lo seguía desde hace unos cuantos años en mi época de estudiante. Eran los inicios de Negro sobre blanco, el maravilloso programa de actualidad literaria que se emitía en La 2 a eso de la media noche. Su discurso tan parsimonioso, su culta pedantería, su cara rugosa cargada de verdades rotundas, su fuerte sentimiento literario, sus continuos y afortunados desvarios. Una joya, un placer para el oído.
Pues bien, el domingo hojeando el dominical de El Mundo y a raíz de la grave enfermedad que le diagnosticaron hace un año, me encontré con una entrevista de lo mas conmovedora. Sánchez Dragó, a corazón abierto, hablando de la muerte y del amor, de las noches de hospital que pasó con su compañera sentimental. Uno de los párrafos me dejó satisfecho y encantado. Eso es el amor.
" Aquella noche fue la peor. Consiguieron mis sentdos, debidamente empastillados, conciliar el sueño, pero no con la profundidad necesaria para que no llegase al del oído, despertándome y sobresaltándome, con angustia y con ternura, a eso de la media noche, un llanto contenido, sofocado, entrecortado, que brotaba de la litera, casi castrense, contigua a mi cama. Me giré, me incorporé, y era Naoko. Sollozaba la pobre en sordina para no turbar mi descanso incierto, y que, me dijo luego, había telefoneado quedamente, agazapada en la penumbra de la habitación, a algunas, las mejores, de sus amigas españolas y japonesas, éstas últimas allá lejos, en su país de origen, donde serían en ese momento las seis o siete de la mañana, y yo la atraje a mi vera, y la abracé, y la besé, y la amparé, y la consolé, y le dije que no volviera a su cama, que dejara de llorar, que se quedase el resto de la noche a mi lado, tan pegadita a mí como una hermana siamesa, porque el colchón era angosto, franciscano, y así, juntos, dormimos, y así juntos amanecimos, y yo supe, a lo largo de esas horas, más que en cualquier lance de mi vida, lo que es el amor, y a qué sabe el amor, y a qué huele, y cuál es su tacto, y en qué consiste, y a qué celestial, planetaria altura eleva, y en que mares de plenitud desagua, y supe de la nobleza de su contenido, de la dignidad de su talante, de la fragancia de su hálito, de la bondad que irradia, de la serenidad que suscita, de la felicidad que transmite, y lo devolví, y lo agradecí. Quien lo probó lo sabe.