Curso escritura creativa (9ª entrega)
Ya casi estamos finalizando el curso. El ejercicio de la semana pasada consistía en practicar el tiempo circular, utilizando prioritariamente el pretérito imperfecto. Ahí va mi exercise. Espero que os guste.
El tío Paco.
Cada domingo después de salir de misa de doce y de intercambiar miradas con las chicas que jugaban en la plazoleta de la iglesia, solíamos ir a visitar a mi abuela. María era una persona amable, con gran sentido del humor y muy devota de enterarse de los chismorreos ajenos. Su ceguera crónica no le impedía deshacerse en elogios y piropos hacia sus nietos. Yo, según ella, era guapísimo. Mi voz aún no había sido mutilada por la feroz adolescencia y debía sonar dulce, infantil. Todos los niños éramos guapos. Sus oídos así se lo hacían ver.
Mi abuela vivía con su hermano. Le llamábamos el tío Paco. Mi padre solía decir que era una persona superdotada pero que su excesiva timidez le había impedido relacionarse con el mundo. Sabía alemán y estudiaba inglés en sus ratos libres. Debía contar con unos setenta y tantos años.
Me encantaban las historias y batallas de su adolescencia que adornaba adaptándolas al lenguaje infantil. Se sentía a gusto con los pequeños, en cambio a los mayores a penas les dirigía la palabra. Lo recuerdo como si fuera ayer. Las orejas enormes y salientes le colgaban de una cara extremadamente amable y melancólica. Sus ojos brillaban como brillan los ojos del recuerdo. Los dedos de las manos siempre estaban amarillos y no dejaba de apurar un ducados tras otro.
Siempre estaba en la cocina. La cocina era bastante amplia. Allí solía comer con mi abuela. Una muchacha se encargaba de hacerles la comida y de limpiar la casa.
El tío Paco siempre se sentaba a la lumbre de una radio y de una botella de cerveza. Mi abuela solía decir que su hermano era el inventor de la litrona. En aquella época sólo la solían beber los legionarios y él. Sin duda era su formato preferido.
A pesar de que bebía continuamente, jamás tuvo el más mínimo gesto que lo delatara. Nunca lo vi de mal humor, no regañaba a nadie, ni tampoco evidenciaba euforia tras la ingesta. Tan sólo bebía, fumaba y escuchaba la radio mientras sus ojos desprendían ternura y añoranza.
Su habitación era una mezcla entre un museo y un caos. Centenares de libros amontonados en una repisa entre los cuales destacaban varias novelas de Hemingway y algún diccionario de inglés y de alemán. Una granada de mano vacía servía para que sus libros no se movieran ni resbalaran del estante. Detrás de la puerta solía colocar mensualmente a la chica del mes de la revista Interviú. Ahora esas chicas ya estarán jubiladas.