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24-05-2005 00:56:54

El hombre de las avellanas

Categoria: Curiosidadespagardel

Ayer me vino a la memoria el rostro del hombre de las avellanas que hacía el trayecto Álora- Málaga y viceversa, cuando los trenes eran trenes de verdad y las prisas no se hacían tan inmediatas.
Aquellos trenes de la RENFE post transición, con vagones marrones y grises, con asientos polvorientos, con miradas tristes de gentes que normalmente se dirigían a la capital para curarse de alguna afección o bien, visitar a un familiar que se encontraba ingresado en Carlos Haya. Cada viaje era una aventura.
En Ronda te montabas en un tren de gasoil. El ruido constante y el olor a carburante que penetraba por las rendijas del aire acondicionado daban al vagón un olor característico y único. Si a eso le añadimos las colillas aplastadas en ceniceros que al parecer pocas veces se vaciaban, podríamos hablar perfectamente de un olor embotellado y reconocible para cualquiera. Eau de RENFE. Reserva del 88.
Ya en Bobadilla, cambiábamos a trenes eléctricos, bastante menos ruidosos y con sillones de eskay de color granate.
Yo debía contar con unas diez primaveras y puntualmente cada jueves por semana acudía a la consulta del Dr. Miranda para tratar una alergia –no muy común- a la picadura de avispa. La alergia en cuestión no era nada alarmante, no daba la talla como enfermedad exclusiva para realizar una producción americana de esas que luego emiten A3 después de comer, en las que se cuentan historias de enfermedades extrañas y los médicos no encuentran solución. Y encima, si no estaba la cosa demasiado liada, el guionista cabrón y sin escrúpulos decide separar a los padres, meter a la abuela en el alcohol y para rematar la faena, procura que el hijo mayor salga bujarrón y con papeles.
No quiero desviarme del tema, así que como contaba, hoy me vino a la memoria ese hombre esbelto, con pelo abundante y canoso, de piel suave y morena.
Su truco consistía básicamente en repartir vagón por vagón dos o tres escuetas avellanas para que los viajeros las probaran y de paso les entrara el gusanillo de pedir más. Una vez repartidas las gratuitas, el hombre al grito de “arvellana quien me llama” iba pasando asiento por asiento su cestilla de mimbre cargada de paquetitos de avellanas y vendiéndolas por todos los vagones.
Resultaba divertido ante los ojos de un niño ver la habilidad con la que éste hombre captaba a los clientes, con el método sutil de poner el manjar en la boca del cliente potencial para crear dependencia y posteriormente vendérselo.
Pues bien, no hace mucho me contaron que ese hombre de pelo canoso, esbelto y que para mi no tenía mas nombre que “el hombre de las avellanas”, se fue a vivir a mejor barrio hace ya unos años. Sirva mi recuerdo como homenaje póstumo.

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Comentarios

  1. Fantástica recreación ferrocarrileña. Y un lindo homenaje al hombre de las avellanas!

    Cristina — 30-05-2005 12:20:42

  2. Preciosa descripción si señor. Me encanta como describes los vagones antiguos. besos

    yolanda — 07-06-2005 15:21:16


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