Querida amiga
¿ Cuánto tiempo hace que no hablamos a solas?. Sólo tu conoces a través de mis trazos, el estado de ánimo en el que me encuentro. ¿Recuerdas?. Los trazos redondos y perfectamente alineados de mi caligrafía daban indicios de la dulzura en la que estaba sumido. Ya sabes, llegué incluso a enamorarme. ¡Qué sentimiento tan infantil, ¿verdad?. Si te soy sincero, jamás podré perdonarte que no me avisaras con antelación. Si, ya sé que me advertiste una vez, que me dijiste que me veías perdido pero feliz, melancólico pero con los ojos vivos, sumiso pero libre. ¿Qué difícil me lo pusiste no?. ¿Acaso era un consejo?
También querida amiga, hubo cartas caligráficamente horrorosas, de trazos puntiagudos e irregulares, con estúpidas abreviaturas como las que se mandan los jóvenes a través de SMS. Muchas kas, muchas tes y mucha palabra viuda que sólo tu interpretabas de forma magistral. Tiempos tristes que pasamos a solas desde la barrera. ¿Lo recuerdas aún?. Demasiados folios con reproches y culpables sin aclarar, demasiados sellos de ida y vuelta con franqueo incierto. Demasiado tu, demasiado yo.
Pero ya sabes que hoy es una carta diferente. Nada más abrirla te habrás dado cuenta. ¿ A que te resulta difícil interpretarla?. Si, ya sé que no es de recibo mandarte una carta mecanografiada, cuando siempre tuvimos la norma –no escrita- de hacerlo a pluma negra. No me he vuelto loco, no. Comencé a escribir y a las dos líneas iniciales ya me era imposible interpretar mi propia caligrafía. No era ni puntiaguda, ni redonda y obviamente tampoco tenía abreviaturas. Pensé en seguir escribiéndola para que al menos tu, como experta en el estudio de mi caligrafía, me diagnosticaras un estado de ánimo concreto. Pero no pude.
Mi mano insistía de forma descarada en golpear teclas en lugar de mimar la pluma. Y así lo hice. ¿Podrías interpretarlo?. Si es así, no me lo cuentes. Me da miedo pensar que estoy en punto muerto.
Un beso y hasta la próxima, querida amiga, querida conciencia.