Curso de escritura creativa. (II)
Bueno, ahí os muestro un relato que he tenido que idear entorno a una hipótesis ficticia. Mi hipótesis ficticia era la siquiente: ¿ Que pasaría si uno más uno sumaran tres?.
Andrés se levantó de la cama sobresaltado y con el rostro sudando a borbotones. Las agujas fluorescentes del despertador marcaban las tres y cinco de la madrugada. El silencio sólo lo rompía un anuncio de radio ofreciendo una dieta milagros y el tímido canto de algunos grillos que aún seguían de fiesta. No podía haber sido un sueño, exclamó Andrés con cierta angustia.
Encendió la luz y se dirigió hacia el bureau dónde se encontraban amontonados papeles, bolígrafos de propaganda a media tinta y una calculadora científica que le acompañó durante su época universitaria. La abrió, y tecleó con cierta parsimonia y angustia un inquietante uno más uno. El resultado no pudo ser más conmovedor. Uno más uno, sumaban tres.
Repitió más de un centenar de veces la operación para cerciorarse de que realmente no había tecleado mal ningún dígito, e incluso se atrevió a desafiar a su desconcierto, añadiendo otras sumas. Comprobó la suma de diferentes números impares con idéntico resultado. Tres y tres sumaban siete, cinco y cinco, once.
Quiso rizar el rizo y se dispuso a sumar números pares para comprobar si las matemáticas se hubieran suicidado descaradamente. Dos y dos sumaban cuatro, seis y seis, doce. Los pares seguían por el camino lógico, murmuraba Andrés. Pero, ¿qué le habrá pasado a los impares?. ¿Se habrían cansado de ser tan imperfectos y obtusos?. Tras unos segundos de desconcierto y desolación, Andrés se dispuso a imaginar lo que le supondría en el día a día, que a los números impares se les hubiera ido la olla. Pensó en el desayuno de la mañana. Tenía decidido pedir en cuanto amaneciera dos donuts de manera individual. Primero uno y luego otro.
Haciendo caso a las matemáticas impares, el camarero se dispondría a ofrecerle un tercero. Y si no, pediría la hoja de reclamaciones. Uno y uno son tres, recalcó Andrés satisfecho por su descubrimiento. Lo mismo haría con el café, con el tabaco, con la botellita de Cardhu en el supermercado. Parecía como si el presidente del gobierno se hubiera asociado con Carrefour. Llévese una más una caja de condones que seguramente, alguno se le caducará, desvariaba Andrés con la posible publicidad de Carrefour tras la locura de los impares. ¡ Vivan las matemáticas impares!, gritó con cierto júbilo.
Tras un momento de éxtasis existencial, Andrés palideció de repente. ¿ Y mi mujer?, ¿no es cierto que somos uno más uno?. ¿ Seremos un trío? ¿Y si me toca otra mujer en mi cama?, ¿y si en lugar de una mujer es un maromo de cuatro puertas con detalles corporales más destacados que los míos?. Se sentó en la cama y gritó desesperado: ¡Putas matemáticas impares! ¡ Puto Carrefour!.