Entrevista al genial escritor Javier Marías
Javier Marías / Escritor
"Hay conspiraciones, temo ser envenenado"
Tengo 53 años y nací en Madrid, donde vivo. Soy escritor más que otra cosa. Estoy soltero, y sin hijos: azares de la vida... Me molesta más la derecha que la izquierda: soy vagamente de izquierdas, aunque cada vez más vagamente... ¿Dios? Con las atrocidades que tendrá que escuchar, se arrepentirá de haber convocado el juicio final
-¿Cómo será su rostro mañana?
-Depende de qué mañana.
-Dentro de... 20 años.
-Más vale no imaginarlo.
-¿Por qué? Quizá mejore.
-Eso lo dicen los que de jóvenes fueron muy feos. Y yo muy feo no fui...
-Y anímicamente, ¿cómo se imagina? -Por acumulación biográfica, ¡cansado!
-¿Empieza a sentirse ya cansado?
-Yo jamás diré eso de "¡ah, si tuviese 20 años menos...!". ¡Buf, qué pereza! Tener que volver a recorrer esos 20 años, con sus decepciones, lecciones... No. Lo ya recorrido lo doy por bien recorrido: ya está hecho.
-¿Se mira usted en el espejo de su padre?
-Le veo ese cansancio biográfico, a sus 90 años. Al ir muriéndose todos los que solían, acabas sintiéndote como un intruso en este mundo, ¡y eso que tú estabas antes...!
-Te sientes ya más de allí que de aquí...
-Con ganas de ser pasado.
-¿Qué consejo de su padre no olvidará?
-Más bien uno de mi madre. A los 22 años me fui de casa para emparejarme con una mujer separada, lo que a mis padres no les hizo ninguna gracia... Al irme, mi madre me dio este consejo: "Trátala bien".
-¿Tan temible era usted?
-Me señalaba lo vulnerable que es la mujer en la relación de pareja. Aunque luego ellas son más resistentes... Me gusta lo que escribió Karen Blixen: "La mujer está contenta por ser; el hombre necesita hacer". El hombre, ya se ve, es más pelmazo.
-Y su padre ¿no le ha dado consejos?
-En casa no hemos hablado mucho de asuntos muy personales: hemos sido muy pudorosos. Cuando mi hermano anunció que se casaba, le preguntamos: "¿Con quién?". De mi padre me quedaría con su actitud.
-Defínala con una palabra.
-Rectitud. Qué palabra ya tan antigua...
-¿Por qué otra la traduciría hoy?
-¿Decencia? ¿Decoro? Huy, qué antiguas se han quedado todas... ¿Ética? Qué ajada...
-Está poniéndose nostálgico...
-Añoro... la hipocresía. El hipócrita disimula algo que sabe incorrecto: ¡al menos tiene conciencia de lo que es reprobable! Pero ahora... cada día veo más despreocupación y desfachatez, un trastoque de valores.
-Un ejemplo.
-Antes avergonzaba reconocer que se hacía algo por dinero. Ahora, en cambio, declaras: "Es por dinero", y te dicen: "¡Ah, bien!".
-¿Y qué consejo daría usted a un hijo?
-De haberlo tenido, hoy estaría sobre los quince años, edad para ser un gamberro ingrato que no escucha a un padre pesado...
-¿Por qué no ha tenido hijos?
-Las mujeres con que me emparejé, o vivían en otros países o fueron despachándome... No se planteó el asunto.
-¿Cuándo decidió que sería escritor?
-De niño emulaba las lecturas que me gustaban, y escribía aventuras, pero escribía sólo para leer más, no por querer ser escritor.
-Y hoy, ¿por qué escribe?
-Para no tener jefes y no madrugar.
-Buen motivo.
-Y lo he conseguido: ¡esto es mucho más de lo que jamás me atreví a soñar!
-¿Ha tenido jefe alguna vez?
-Un jefe de departamento, cuando di clases en la universidad. Me reñía por no sé qué, y le solté: "Mira, pareces una monja". Ahí supe que yo no servía para tener jefe.
-Y literariamente, ¿ha logrado sus sueños?
-A veces siento cierta culpa por estar arrojando al mundo según qué historias... El primer volumen de Tu rostro mañana ya empieza así: "No debería uno contar nunca nada".
-Pues veo que el segundo volumen empieza así: "Ojalá nunca nadie nos pidiera nada...".
-La gente va pidiéndose cosas todo el rato, pequeños favores...
-¿Qué pide usted?
-Yo procuro pedir poco: siento aversión a dar la lata. Más bien tiendo a desear que alguien haga algo por mí sin pedírselo...
-Pues lo tiene usted difícil...
-Sí, suelo decepcionarme, claro...
-¿Y le han pedido a usted algo insólito?
-Un lector me pidió que le escribiese un cuento que él firmaría, para ganar un premio del que luego me daría una parte... Me lo planteó con toda seriedad y naturalidad. ¡Qué sintomático de nuestros tiempos!
-Era un halago que le hizo como escritor.
-¡Era un optimista! ¿Qué le hacía pensar que mi texto le permitiría ganar el premio?
-Quizá sabía que es usted rey...
-Ah, eso es un juego, es algo literario. Redonda es un islote deshabitado de las Antillas, y el Reino de Redonda está reconocido por la oficina colonial británica... siempre que esté vacío de contenido. Es la condición.
-¿Cómo anda ahora el reino?
-¡Plagado de conspiraciones! Temo ser envenenado. Imparto títulos, ducados... a personas con las que tengo trato, sin deber alguno por su parte, ¡ni siquiera el de la lealtad!
-¿Y desearía usted matar a alguien?
-Matar es siempre una exageración, como poco... Lo que nadie sabe es qué haría en una situación extrema, dominado por el miedo...
-¿Qué sueño le queda por materializar?
-Ninguno en particular. Con la edad, te vas haciendo conforme con lo que hay.
-"La infelicidad se inventa", leo en su novela.
-Hay algunas causas objetivas de infelicidad..., pero la mayoría las inventamos para no aburrirnos en nuestra opulencia.
-¿Y qué hace para inventarse su felicidad?
-Procurarme momentos de gusto: ver esa película, leer ese libro, reír con amigos. Es lo que más valoro en alguien: que me haga reír.
-Su rostro, pero no mañana, sino hoy: ¿qué palabra es la que mejor lo describe?
-Guasa.